martes, 24 de marzo de 2009

En la sociedad actual el principal valor es el miedo

Jaime LópezLa ética se refiere a los fundamentos de lo que consideramos bueno, debido o moralmente correcto. Trata sobre cómo las personas podemos hacer uso responsable de la libertad, teniendo en cuenta las diferencias entre lo que es bueno y lo que es malo. También se le entiende como un proyecto de la humanidad para construir una moral que trascienda a las diferentes culturas y épocas. Sería una especie de visión y práctica compartida por todos con la intención de que sea lo bueno lo que prevalezca. Es como una utopía en la que lo común en nuestras sociedades serían las formas correctas de proceder.

En nuestras sociedades podemos apreciar al menos dos grandes proyectos éticos: el de la Iglesia y el del Estado. La primera propone valores universales dados a los seres humanos por un Dios. Lo bueno es cumplir con los designios y deseos de ese Dios, atender su palabra. Mientras tanto, el Estado trata de establecer una moral basada en la razón y el orden. Ambos proyectos exigen que las personas hagan lo bueno bajo la amenaza del castigo. El no proceder bien nos llevará al infierno o la cárcel. Ninguno deja escapatoria posible y en eso basan su aspiración a ser una moral absoluta.

La categoría de “malo” es ejercer la libertad más allá de los límites que han sido establecidos por Dios o por el pueblo o bien por sus representantes, que son los líderes religiosos y los gobernantes. Para la Iglesia y el Estado la violencia es el abuso de la libertad concedida a los seres humanos. Por eso demandan que las personas renuncien a la violencia. Exigen que la decisión de hacer uso de ella esté en manos de Dios o de los jueces. Su finalidad es imponer restricciones. Esto conlleva a aislar a los individuos de todo aquello que les cause deseos incontrolados y a moldear sus conductas para que se apeguen a las normas establecidas.

La sociedad perfecta para la Iglesia y el Estado, y por tanto la realización de su proyecto ético, sería aquella en la que los individuos no deseen ni se mezclen más allá de lo permitido. Desde su perspectiva, la corrupción del ser humano y de las instituciones viene precisamente de la trasgresión de los límites. Por eso, el principal valor que imponen, antes de llegar a la violencia, es el miedo. La gran evolución de nuestras sociedades consiste en hacer cada vez menos uso de la violencia a medida que el miedo a soprepasar los límites es más efectivo.

Como respuesta a las limitaciones de estos proyectos surgen el mercado y el crimen organizado. Aunque de una forma menos retórica, ambos también buscan establecer una moral absoluta. El mercado deja en manos de cada persona el fijar sus límites, poniendo la libertad en función de la propiedad, de lo que cada uno tiene o puede llegar a tener. Es bueno todo aquello que puedes comprar con los bienes acumulados. Por tanto, bajo la moral del mercado la mayor aspiración de toda persona es acumular el máximo posible.

Para imponerse, el mercado infunde el miedo a no tener. Las personas son educadas para que siempre sientan que les hace falta algo o que tienen que cambiar lo que la moda volvió obsoleto. Los miserables son los que nada tienen y que por tanto, nada valen. El consumismo es la patología característica del mercado: personas inseguras, ansiosas y egoístas. A diferencia de la Iglesia y del Estado, que tratan de encerrar a las personas en una caja para que se sientan seguras, el mercado las lanza al vacío para luego tenderles una soga de la que se puedan sostener momentáneamente. En el mercado la vida pende de frágiles hilos que se rompen a cada momento.

El crimen organizado trata de escapar a toda esa rigidez que caracteriza a la Iglesia, el Estado y aún al mercado. Su moral, o su anti-moral, es la del más fuerte. Desprecia todo valor positivo en los seres humanos y se enfoca en explotar los malos sentimientos. Enseña a las personas que la vida de los otros no vale nada, que la única forma de subsistir es atacando primero. Asesinar, golpear, robar, traficar, prostituir son prácticas buenas en la medida que nos permiten sobrevivir. Si no lo haces tú, otro lo hará primero y te pasará encima. Estas inseguro en la medida que no agredas a otros, que no muestres ser el más fuerte o que te dejes arrastra por los sentimientos de los débiles.

Instituciones como la familia, el comercio, las escuelas o la policía, entre otras, son como moldes. Tratan de darle forma a las personas. Dejan que crezcan y se desarrollen siempre y cuando adopten el esquema trazado y no formen combinaciones extrañas. El progreso de estas instituciones radica en mejorar su capacidad de prevención en lugar de la corrección. El perfeccionamiento de las técnicas de educación y de control buscan hacer lo más económico posible el proceso de asimilación de las personas al orden social, y ésto se logra principalmente a través del miedo.

El miedo es como un mecanismo primario de protección. Es la reacción natural que experimentamos cuando el entorno parece hostil. Es como una premonición, la sensación anticipada de algo que nos puede dañar. Y para los poderosos, es más eficiente hacer creer a las personas que algo las va hacer sufrir en lugar de efectivamente cumplir con esa amenaza. La vida en nuestras sociedades transcurre entre los conflictos y acuerdos de los grupos de poder en su intento por controlar a las personas, en su empresa de hacerlas sentir temerosas.

La televisión, que quizá es lo más expresivo de los medios de comunicación social, actúa como uno de los principales instrumentos para penetrar en la mente de las personas. Noticias, franjas de entretenimiento y programas educativos golpean con imágenes cuyo principal efecto es la sensación de inseguridad. Independientemente de los grupos de poder a los que los medios respondan, éstos tratan de presentar la realidad como algo amenazador y que está fuera del control de las personas. En lugar de ser una fuente de comunicación social positiva, en nuestras sociedades los medios presentan los hechos con una apariencia alterada o deformada, provocando que las personas pierdan conciencia de sus auténticas relaciones con el mundo.

Vivimos en sociedades donde el principal valor es el miedo. No queremos ser quemados en la hoguera, no queremos ir a prisión, no queremos dejar de tener dinero, no queremos esperar a ser atacados. Y esto nos conduce a pensar únicamente en nosotros, vivir en el afán de sentirnos seguros, a actuar con crueldad frente a los demás. Los grandes proyectos éticos han provocado el efecto contrario: la destrucción del ser humano, de su creatividad y de su libertad. En las sociedades del miedo, en ese mundo en el que vivimos, la ética es imposible de realizar.

Imposibilidad ética en las sociedades del miedo
[Columna de Jaime López publicada en la Revista Probidad]

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